Estimado Hank:
Cuán lejos me queda aquel viaje que realize por Europa. Aquellas vacaciones vistas a través de un tubo de refrescante cerveza belga y en las que Holanda me sorprendió por su vergel. Una semana en la que tuve tiempo de reir, llorar de emoción, hablar sin parar, emular a Iker Casillas con 'peña' propia y volver a casa en bici con un vasco ebrio y estirado.
Fueron días que volaron, como Goku en su nube cuando aún no había alcanzado la mayoría de edad. Jornadas en las que también hubo tiempo de encandilar extranjeras o por lo menos intentarlo. Por mí no quedó, aunque alguno de mis compañeros de aventuras andaba con el freno de mano echado.
Millu, Boyes, Lagarto y Nachín me acogieron y compartieron en algún momento más de una cerveza con la que nuestras sedientas gargantas quedaban satisfechas por un corto espacio de tiempo. Millu, sin embargo, fue mi fiel sombra, y viceversa. Lamento que se preocupara por mí cuando no me encontraba la noche que la selección española de fútbol dio aquel recital ante Rusia. Estaba enfrente de aquel bar comiéndome la mierda más grande del mundo. Como no, era un Kebab. Otro distinto al que, una hora más tarde -8.30 a.m.-, se animó con el semi-striptease sobre una mesa de dos adolescentes belgas.
Pese a ello, no tengo ningún tipo de prejuicio contra los turcos. Más bien, me cayeron simpáticos después de sostener una estúpida conversación sobre fútbol el día antes. Qué pobres. El sueño de ganar la Eurocopa se les esfumó. El nuestro, empezaba a forjarse...
Continuará.
Cuán lejos me queda aquel viaje que realize por Europa. Aquellas vacaciones vistas a través de un tubo de refrescante cerveza belga y en las que Holanda me sorprendió por su vergel. Una semana en la que tuve tiempo de reir, llorar de emoción, hablar sin parar, emular a Iker Casillas con 'peña' propia y volver a casa en bici con un vasco ebrio y estirado.
Fueron días que volaron, como Goku en su nube cuando aún no había alcanzado la mayoría de edad. Jornadas en las que también hubo tiempo de encandilar extranjeras o por lo menos intentarlo. Por mí no quedó, aunque alguno de mis compañeros de aventuras andaba con el freno de mano echado.
Millu, Boyes, Lagarto y Nachín me acogieron y compartieron en algún momento más de una cerveza con la que nuestras sedientas gargantas quedaban satisfechas por un corto espacio de tiempo. Millu, sin embargo, fue mi fiel sombra, y viceversa. Lamento que se preocupara por mí cuando no me encontraba la noche que la selección española de fútbol dio aquel recital ante Rusia. Estaba enfrente de aquel bar comiéndome la mierda más grande del mundo. Como no, era un Kebab. Otro distinto al que, una hora más tarde -8.30 a.m.-, se animó con el semi-striptease sobre una mesa de dos adolescentes belgas.
Pese a ello, no tengo ningún tipo de prejuicio contra los turcos. Más bien, me cayeron simpáticos después de sostener una estúpida conversación sobre fútbol el día antes. Qué pobres. El sueño de ganar la Eurocopa se les esfumó. El nuestro, empezaba a forjarse...
Continuará.
