Estimado Hank:
El viernes acudí a una velada de boxeo. No era la primera, pero la nocturnidad, el "weekend" asomando y la aureola de cine negro que estampaba el aspecto del polideportivo Miriam Blasco de Valladolid me impresionó de una forma notable.
Los combates estuvieron vibrantes, en buena medida gracias a la voracidad y las ansias de victoria de la mayoría de los púgiles llegados de Castilla y León, Asturias y el País Vasco.
Entre el público, arengas y vítores dedicados a unos deportistas desconocidos que, con nobleza y honestidad, miden sus cualidades de la manera más ancestral de todas; el contacto cuerpo a cuerpo.
Tras la pelea, los besos y abrazos se reparten por doquier y el respetable, entregado ante el esfuerzo de los púgiles les aclama mientras atraviesan las localidades camino a la ducha.
El olor a puro, la música de la megafonía -hip hop, techno y dance- y el look del speaker, diseñaba el ambiente característico de un deporte en declive, falto de recursos y con una imagen equivocada por parte de la sociedad.
Las noches de boxeo ofrecen algo que ni el fútbol, ni el baloncesto, ni el balonmano consiguen. Dosis de deporte añejo, combinadas con el espectáculo circense, el furor de las apuestas y el afán de superación de los luchadores.
Algo hemos aprendido Hank, sé que tu prefieres las carreras de caballos, pero el boxeo también tiene lo suyo.
P.D: Mejorando el gancho de derecha.
¡Antonio, boma ye!
martes, 19 de febrero de 2008
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